El réquiem del salario: ¿puede el propio capitalismo sobrevivir a la inteligencia artificial?
En las oficinas de cristal de Palo Alto y las torres de control de Wall Street, Estados Unidos, se susurra una verdad que pocos se atreven a gritar: el núcleo del sistema está a punto de dejar de funcionar. Durante siglos, la economía capitalista fue un baile equilibrado: tú me dabas tu tiempo y tu sudor, yo te daba un salario, y con ese dinero tú comprabas lo que yo producía. Un ecosistema.
Hoy, la Inteligencia Artificial ha entrado en ese baile como un solista que no necesita pareja. El círculo se está rompiendo.
El espectro de la eficiencia terminal
Estamos entrando en la era de la «Eficiencia Terminal». Las empresas están alcanzando el sueño de cualquier CEO: producir bienes y servicios sin las complicaciones, los seguros médicos o los errores humanos. Es una victoria técnica absoluta, pero una derrota estratégica devastadora.
El drama es matemático: las máquinas son productores prodigiosos, pero consumidores nulos. Un algoritmo puede diseñar mil campañas publicitarias en un segundo, pero jamás sentirá la necesidad de comprar un café, un carro o una casa. Si el capital logra finalmente deshacerse del trabajador, se encontrará con un mercado lleno de productos brillantes y estantes rebosantes, pero con pasillos desiertos. El capitalismo, en su búsqueda de la máxima ganancia, corre el riesgo de devorar a su propio cliente.
La gran paradoja: ricos en un mundo sin empleo
¿Cómo se sostiene un mundo donde el trabajo ya no es la moneda de cambio? Aquí es donde la profundidad del debate se vuelve casi teológica. Nos enfrentamos a dos futuros posibles:
El feudalismo tecnológico: Un escenario sombrío donde un puñado de dueños de la IA poseen toda la capacidad de producción, mientras el resto de la humanidad depende de «limosnas» estatales para sobrevivir en una economía de subsistencia.
La era de la emancipación: Un nuevo contrato social donde el concepto de «ganarse la vida» se declare obsoleto. Aquí, el drama se transforma en esperanza: si las máquinas generan riqueza masiva, el Estado debe capturar esa productividad (a través de impuestos al capital algorítmico) para financiar una renta básica universal.
En este segundo escenario, el consumo no cae porque el dinero sigue fluyendo, pero el origen del dinero cambia: ya no viene de tu esfuerzo, sino de la renta que generan los robots.
El factor humano: la última trinchera
El mercado del futuro no venderá «cosas», venderá significado. En un mundo donde lo material será casi gratuito por su abundancia, el drama humano se desplazará hacia lo inalcanzable para el silicio: la autenticidad, el error creativo, la compasión y la conexión emocional.
El mercado no morirá, pero sufrirá una metamorfosis dolorosa. Pasaremos de una economía basada en la escasez de productos a una basada en la escasez de atención y propósito.
Veredicto
Estamos viviendo el funeral del trabajo tal como lo conocemos. No es el fin del mundo, pero sí es el fin de una lógica que nos dominó por 300 años. El mercado del mañana solo sobrevivirá si comprendemos que, en un mundo de máquinas perfectas, el valor supremo es, y siempre será, lo irremediablemente humano.
Pecayabar
